Crónica de una visita a la “Nueva Normalidad”

Llega el día en el que te levantas con el entusiasmo de iniciar esta “nueva normalidad” con la mejor actitud; te duchas, te preparas un buen desayuno y te aprestas a salir a la calle y ver qué ha cambiado en la sociedad luego de 3 meses en asilamiento y más de 9 meses desde el primer caso COVID–19 positivo.

Las noticias que anuncian los medios de comunicación no son muy alentadoras, Lima sigue siendo caótica, como desde hace 3 semanas, aquellas calles colindantes a Gamarra y a la avenida Abancay, siguen llenas de comerciantes que, día a día, bajo la excusa de la necesidad, siguen ofertando sus productos; hoy no les importó nada y se enfrentaron a los fiscalizadores, debemos de suponer que de esa disputa ya habrán salido muchos contagiados.

Mi ruta no será tan lejana de mi casa, iré a pagar algunos recibos pendientes y realizar compras básicas para abastecernos; ya semanas atrás la presencia de ambulantes iba en incremento; hoy todo ha vuelto a la normalidad, a la vieja normalidad, con la diferencia que los jaladores usan, mascarillas y protectores faciales.

¡Cambio dólares!, ¡Almuerzo con todas las medidas de bioseguridad!, ¡Casero venga, tenemos protectores!, esas y otras frases se oyen con más fuerza; la distancia social se ha perdido por completo, los “jaladores” no están ni a medio metro entre sí, imagino que la confianza que tienen es porque pasaron por pruebas rápidas y el resultado fue negativo, eso creo yo.

Al pasar por las tiendas, veo que muchas de ellas han asumido cierta responsabilidad en protección, todos hacen uso de desinfectantes, alcohol en gel; intenté ingresar a una tienda y en la puerta una amable señorita me dijo: Señor tiene que esperar, el aforo ya fue copado, buena señal, ahora si siento la “nueva normalidad”, me paro a un costado de la puerta y de pronto escucho el gritó desaforado de una señora, “oye, respeta la cola, te crees vivo; acá estamos haciendo cola desde hace rato”, no puede ser, esa es la actitud de la vieja normalidad. Retrocedo y me voy a ubicar detrás de la señora, de pequeña estatura pero con un carácter de gigante,  que seguía hablando, como si la afrenta hubiera sido un insulto o un maltrato de mi parte, ahora más despacio, presumo que debe de seguir fastidiada por mi presencia; sin embargo logro escuchar un “siempre se creen los vivos, no nos respetan”, quise contestarle y explicarle que, por error involuntario no advertí que ella se encontraba esperando, y que no fue mi intención no respetar la cola, sin embargo algo que he venido aprendiendo en estas semanas de confinamiento, es ser tolerante.

Mi novia, me había preparado psicológicamente para evitar caer en el mal humor contagiante de las personas y me dio la instrucción de: mantener mi distancia, jamás sacarme la mascarilla, no tocarme la cara (ojos, nariz y boca) y no hacer caso a los comentarios desatinados de las personas. Según pude leer en algunos artículos, muchas personas, producto del confinamiento y el estrés, se vuelven más agresivas o intolerantes, lo que podría producir que, al volver a interactuar, caigan en discusiones triviales, por ello, hoy, más que nunca debo hacerle caso.

Me toca el turno de ingresar a la tienda y la señorita, que antes me impidió ingresar, me mide la temperatura, me echa desinfectante en la mano y me indica que debo de limpiar la planta de mis zapatillas antes de ingresar, esto es parte de la nueva normalidad; realizo mi pedido y no me sorprende cuando me indican que debo de dejar el dinero en un platito y menos que le roseen desinfectante, lo mismo sucede con mi vuelto y con el paquete que me entregaron.

Bajo con dirección al banco, es hora de acercarme a una zona donde cada vez hay más gente, muchos ambulantes, algunos más insistentes para ofrecer sus productos; llego al cajero y este está fuera de servicio, la opción de la ventanilla no me seduce demasiado, hay más de 15 personas haciendo cola, la distancia entre ellos es mínima y probablemente la espera sea un poco tediosa, me acerco al vigilante para consultar si esa es la cola para ventanilla y me indica que para ventanilla el ingreso está libre, así que pasó directo, pero me percato que nadie me midió la temperatura y menos realizaron el proceso de desinfección que todos los establecimientos deben de cumplir; ni modo, saco mi pequeña botella con alcohol y me roseo un poco en mis manos.

La atención en el banco fue rápida, es momento de regresar a la casa, es momento de atravesar nuevamente, el tumulto de personas que buscan vender algo o comprar algo, esta “nueva normalidad” se parece a la “vieja normalidad”, no hemos aprendido mucho, las personas no son conscientes que este virus puede ser letal para ellos, su familia o amigos, alguna vez alguien dijo: al final todos moriremos; sin embargo cuando están del otro lado salen reclamando el por qué no hay camas o por qué no los atienden, paradojas de la vida.

Definitivamente esperaba ver una ciudad más tranquila, aún no asumo el riesgo de subir a un bus o una combi, pues imagino que las personas que no han aprendido o no quieren aprender del riesgo que vivimos constantemente, deben de seguir siendo intolerantes y en el peor de los casos deben de sentarse unos junto a los otros o los choferes deben de llenar a tope sus unidades, así que por ahora nos limitaremos a salir solo por inmediaciones de la casa.

Llego a casa tranquilo, con ganas de contarle a mi novia las cosas que me han pasado, decirle que tenía razón cuando alguna vez señaló que no podemos confiarnos del buen comportamiento de las personas, pues, así como hay muchos que si son conscientes, hay muchas más que no lo son.

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