La Serpiente Verde, por Alex Cordero

Foto: Allengino Quintana

Nadar bajo sus tranquilas y frescas aguas, observando muy de cerca las piedras de distintos colores y el desplazamiento de peces que huyen hacia la profundidad de las rocas, es encontrar la plenitud de la paz en las aguas del río Grande. Su caudal proviene desde las alturas de la Cordillera Negra, atraviesan como una serpiente verde que lleva vida a todo el valle y termina su recorrido sumergiéndose en el mar de Casma.

En Pariacoto, las familias disfrutan mucho más de sus aguas, pues durante su trayecto que pasa por debajo de muchos puentes y oroyas, vierte el líquido elemento para los sistemas de agua potable y canales de riego, que se extienden como ramales y alientan la producción de frutas y otros productos tradicionales de la zona. Asimismo, adultos, jóvenes y niños, gozan pasando largas horas en sus mansas aguas, que siempre está acompañada de una vegetación verde que hace sombra en todo su recorrido. El cauce nace sobre varias lagunas y cochas en las alturas de Pariacoto y otros distritos acentuados en la zona andina de esta cuenca; a medida que recorre, su cauce crece, sobre todo, entre los meses de enero y marzo.

Acudir al río es sinónimo de diversión y descanso, ahí los niños se inventan juegos y se entretienen en las pequeñas pozas, mientras los adultos ingresan a los remansos más extensos y profundos; otros acuden para intentar pescar bagres y otros pececillos, oriundas de las vertientes tropicales del Perú. Antaño, los jóvenes se subían en las peñas más altas, para zambullirse ante el cauce del torrente, cada caída era motivo de admiración de los presentes.

Comentan los más adultos, que en Pariacoto, se comía pejerrey de agua dulce, era una especie de unos 30 centímetros que abundaban entre los matorrales y las aguas profundas. En todo el valle, ante cualquier visita que se tenía de familiares o forasteros, los padres enviaban a sus hijos a pescar pejerrey, como si el río Grande fuera una piscigranja, los más jóvenes provistos de canastas de totoras, solían pescar debajo de las raíces de los sauces, cuyos troncos y hojas hacían sombra y protegían la abundancia de este pez. Sin embargo, con el cambio climático y los frecuentes huaicos de los años 1980 y 1990, esta especie desapareció, como otras que reinaban sobre toda la comarca.

En estas fechas, aún se puede encontrar al bagre, los camarones y otras especies. A inicios del año, cuando las aguas crecen por las intensas lluvias en las alturas, algunas familias alistan canastas hechas con carrizos propios del lugar, que son fabricadas en forma de un embudo y luego colocadas en las zonas de corrientes altas.  Durante la noche, la crecida del agua permite el arrastre de los camarones hacia aguas abajo, cayendo sobre las canastas que, no son otra cosa que una trampa. De esa manera, en esa temporada uno puede degustar de los riquísimos camarones en los principales restaurantes de la zona. Aunque en los últimos tiempos, también se han denunciado la pesca desmesurada con productos químicos, inclusive con el uso de explosivos. Hecho que siempre ha sido vigilado y denunciado por la comunidad.

Sin duda, el clima cálido de Pariacoto, alienta a disfrutar de río, donde decenas de familias pasan una amena mañana o tarde. Otros, cuando llega la tarde o noche, aprovechan el lugar para ocultarse del mundo, ahí la grama, los arbustos y el agua dulce, son testigos de la efervescencia que la juventud despierta, pues convierten a la serpiente verde en un ocasional aposento, bajo el cielo de un millón de estrellas.

Aunque, generalmente, al caer la tarde, el viento frío que llega desde el océano pacífico, hace que las familias se alejen de las orillas y retornen hacia sus hogares. El astro sol se oculta sobre el horizonte, dejando una estela rojiza sobre el firmamento que anuncia la llegada de la noche. Entonces, aparecen sobre las riberas del riachuelo, unas luces que se encienden y apagan, como intentando detener el día de la noche; son las luciérnagas, que llegan con un característico sonido, se mezclan con la presencia de batracios y otros amos del afluente, cuya sinfonía nos dice que llegó el fin para los visitantes diurnos.

Así es el río de mi pueblo, apacible y lleno de vegetación sobre sus riberas, con piedras acantonadas de todo tamaño sobre sus bordes, como si fueran las escamas de la serpiente verde, que sirven muchas veces de mirador o lugar de descanso para los concurrentes. Ahí, las frescas aguas te hacen olvidar de este mundo agobiante y te convierten en un amante de la paz y la naturaleza.

 

Alex Cordero. Es periodista y escritor.

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