Mi primera vez, crónica de una excursión de colegio. Parte I, por Alex Cordero.

Era un día de noviembre y fue en Huaraz. Días antes, más de 30 jovencitos nos alistamos para partir en un viaje de excursión. Meses previos habíamos discutido en el aula, junto a nuestras asesoras Adelfa y Rosita, el lugar turístico a visitar, por mayoría aceptamos recorrer el Callejón de Huaylas, Pastoruri, Chavín de Huántar y otros cerca de Huaraz.

Después del mediodía, desde el valle cálido de Pariacoto, partimos por una trocha carrozable de la época rumbo a Huaraz. Era noviembre de 1996, apenas tenía 16 años, pero con muchas ganas de conocer más sobre Ancash y sus atractivos. Pasada las 5:00 de la tarde de un día primaveral, que más parecía ya de invierno, llegamos a la generosa y gélida ciudad de Huaraz.

Lo primero que hice, recuerdo bien, fue comprar un chullo y guantes para el frío, lo mismo hacían mis compañeros; “mañana salimos bien temprano a Chavín de Huántar”, había dicho nuestra asesora, la profesora Adelfa Giraldo, una maestra de mediana estatura, risueña, pero de pisada y mirada perspicaz ante una pequeña travesura.

Los cristales opacos de las luminarias en el centro de la ciudad, advertían la llegada de la noche, cientos de jovencitos, ávidos por disfrutar de nuestro viaje de excursión recorríamos la avenida Luzuriaga, que, con sus amplios portales protegían a los autóctonos y forasteros de una ligera llovizna de la temporada.

“Es muy temprano para ingresar a la discoteca”, recuerdo decirle a unos de mis amigos que se mostraba inquieto por divisar la puerta de acceso a una conocida discoteca, “El Sol”. Entonces, piropeando a las jovencitas y jadeando entre la multitud decidimos continuar nuestro recorrido.

Tras esa breve caminata, llegamos al lado norte de la ciudad, allí en Independencia, local de eventos Pukaventana cenamos todos los miembros de la comitiva compuesta por alumnos, docentes y también algunos padres de familia.

“Destapa nomás, aquí nadie te ve, es tu oportunidad, mira estás con sed por eso la chela se rebalsa”, decía Elmer, el mayor y promotor de tamaña diversión, mientras algunos levantaban un cigarrillo como señal de madurez. Una, dos, tres y cuatro horas habrían pasado hasta que nos olvidamos de la discoteca y las chicas. “La chela está rica” era el lema del momento para siete u ocho adolescentes en una noche oscura y frenética donde adulaban su libertad en un cuarto de alojamiento.

“Buenos días chicos, ¿ya están listos?”, de repente se escuchó la voz de nuestra asesora tocando la puerta, eran apenas las 6:00 de la mañana. Después de 10 minutos ella ingresó y empezó a preguntarnos, ¿Qué tal la ciudad?, ¿Cómo pasaron la noche?, etc, etc. Mientras sus zapatos acariciaban casi las chapas y restos de cerveza que se habían quedado sobre el piso, nosotros nos miramos de reojo y tratamos de responder levantándonos de un tirón de las camas para que ella no baje la mirada, como tratando de ocultar las huellas de un delito.

“¿Chicos han descansado bien?, dijo incrédula al ver nuestros rostros de asombro “no se preocupen, luego de conocer las maravillas de Chavín, esa carita les irá cambiando, ¡el viaje siempre choca!”, comentó y salió de la habitación, advirtiéndonos que el desayuno en breve estaría servido. Nuestra alma volvió al cuerpo y volvimos a respirar sin fatiga, “por poquito nos descubre”, dijimos.

Horas después, el bus ascendía por el costado de las aguas oscuras de la laguna Querococha, sus bruscos movimientos dejaban una estela de vaivenes en mi mente, y mi estómago decía que debía expectorar el desayuno, mi cara pálida parecía el reflejo del nevado sobre las lunas del bus, “tráiganlos al asiento delantero, pobre de mis hijos, el viaje les está chocando”, decía la profesora Adelfa, y en medio del abrumo uno a uno, los más graves, pasamos desde el asiento exterior, allí donde se vivía la palomillada, hacia el primer asiento.

“Nunca imaginé que la primera vez iba a ser tan trágica”, recuerdo haber susurrado para mis adentros, ni la epifanía de las cumbres en todo su esplendor pudo reponerme de tan profunda resaca, hasta ese momento.

Cuanto más nos aproximamos al túnel de Cahuish, mayor era mi temor, minutos después cuando atravesamos tamaña oscuridad y aparecimos al otro lado de la cordillera, divisé con asombro la amplitud del horizonte donde alguna vez se gestó la cultura Chavín y sus dioses.

Mientras los minutos avanzaban, desde el interior de la unidad, unos fotografiaban las largas colinas de nieves, otros cabeceaban contra los asientos como consecuencia también de su primera vez, y los demás contemplábamos el estrecho valle, aquel lugar que vio nacer, florecer a una de las culturas más grandes que tuvo la humanidad.

Ahí desperté plenamente, entre cabezas clavas, túneles y la mirada tosca del lanzón, cuya imagen tenebrosa me trasladó a mis clases de historia del Perú sobre Chavín y sus dioses; y decían que envolvían y acercaban a los mortales hacia un encuentro con el cosmos, seguramente tras beber brebajes excitantes.

Fueron horas muy rápidas, entre mi primera vez con el elixir y el encuentro con los vestigios de la cultura Chavín, algo que me impactó muchísimo, no solo por su audacia edificante con la piedra, sino por el mundo enigmático que te hacen vivir sus túneles cuando lo visitas por primera vez.

Parte I.

Chimbote, abril del 2021.

Alex Cordero Cuisano

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