Mi primera vez, crónica de un viaje de promoción a Pastoruri. Por Alex Cordero

Pastoruri fue el segundo destino turístico que visité junto a mis amigos de promoción en el mes de noviembre de 1996, las imágenes vistas en televisión, revistas o recortes de periódicos no tenían comparación alguna con la majestuosidad de su encanto, allí descubrí: caminata, esquí, resbaladera a modo de trineo, muñecos de nieve, lagunas, aire puro para los pulmones y regocijo para los corazones de cientos de visitantes.

Un día antes, había quedado conmovido por el enigmático Chavín de Huántar y sus dioses. Esa noche, ya en Huaraz, procuré cenar pronto con el fin de disfrutar mejor de la noche en la Ciudad de la Amistad Internacional; en grupo numeroso acudimos a la discoteca “El Sol”, que con sus paredes y columnas rodeadas de espejos, parecía un enorme recinto, su música variada la hizo más atractiva, hasta aprendí a bailar saya y caporal en medio del jolgorio y el frenesí de la concurrencia.

Me atrevería a decir que, toda persona que quiere buscar y conocer Pastoruri, antes debe llegar a Huaraz, al gran puerto, donde uno reposa, se aclimata y parte más adaptado para recorrer cualquier circuito turístico. “Hoy descansaremos temprano, mañana debemos subir a la montaña y será pesado” recuerdo haber escuchado a la profesora Adelfa Jiraldo, esa noche.

En el tercer día del viaje de excursión, tras el desayuno, la profesora de parada y mirada perspicaz se apostó frente a la puerta del bus y, moviendo sus manos, dirigió el ascenso de todos, al pasar por su lado, todos fingíamos ser unos santos.

Así partí de Huaraz, entre juegos, música y bromas de mis compañeros, el bus se dirigió por el margen izquierdo del río Santa rumbo a Cátac, allí se detuvo por primera vez, en un restaurante local, los propietarios sirvieron sobre una taza grande de porcelana un mate de coca, me cayó como anillo al dedo por el penetrante frío que sentía. En el exterior, al borde de los buses estacionados, aparecían los vendedores de lentes negros y de colores, quienes en su intento de venderme comentaban que sin lentes negros el nevado lo deja a uno casi ciego. En mi caso, ya me había adelantado y llevaba puesto uno desde mi primer día en Huaraz.

A unos minutos de Cátac el bus arribó a Pachacoto, ubicado en plena pista principal que va de Huaraz a Lima, la unidad vehicular se desvió por el margen izquierdo, y por una trocha carrozable ascendió hacia Pastoruri, el viaje se tornaba feliz para unos, aunque chocante para otros, debido al soroche y al mal de altura. Desde la distancia, aprecié cada vez más cerca un amplio territorio de nieve. Apenas eran las 9:30 de la mañana y el cielo se mostraba algo nublado. Todo parecía indicar que antes del mediodía, la lluvia o aguanieve acompañaría mi retorno.

Hasta que el bus se detuvo por completo en la base de Pastoruri,  lugar donde terminaba la carretera e iniciaba el ascenso a pie o con caballo. Hombrecitos del lugar, se acercaban a los buses recién llegados para ofrecer sus servicios, el mío y de mis amigos, no era el único, antes se habían estacionado más de 10 buses y tras nosotros llegaba otro número similar. Cuando descendí ya no encontré caballo disponible, pero algunos de mis compañeros posaban para las fotos del momento sobre corceles livianos, luego partieron antes que el resto. También descubrí que otro grupo de personas oriundas del lugar vendían plásticos casi con medidas exactas para los zapatos, espalda, y para resbaladera cuando uno está en la nieve, al principio no le tomé importancia, pero al escuchar los consejos de algunos adultos, atiné a comprarme varios retazos.

¡Mira eso, una columna de gente! Me pareció oír a Yusber Castillo, apuntando al fondo sobre el nevado. A esa hora, decenas de turistas intentaban coronar el Pastoruri, unos solos, otros en grupos, en cambio yo y mis amigos, recién llegados, a paso firme iniciamos el periplo, procuré progresar y cruzar los pequeños riachuelos, mientras avanzaba por el camino, atrás quedaba la morrena de miles de años, que seguramente alguna vez también fue nieve; eran los únicos testigos de la fatiga que sentía mi cuerpo primaveral.

Cuando más me acercaba al lugar, más agudo se hacía el frío y la emoción iba en aumento, hasta que llegué, junto a Yusber Castillo y Miguel Berrospi, hasta el pie del nevado. “¡Oh maravilla!”, dije perplejo levantando la vista hacia la gente que empezaba a escalarlo. Lo mismo no dijo una jovencita, que permaneció algo enclenque y reposaba sobre un poco de morrena, a su costado tenía un enorme termo de agua caliente, alguien me comentó: “sus amigos de promoción subieron al nevado, ella no da más”, “pobrecita” susurré y terminé “tanto esfuerzo para dormir al pie de Pastoruri”.

“¡Vamos arriba!” Dijo alguien de mi grupo, no recuerdo si fue mi asesora o algún padre de familia que nos acompañaba. Sin pensarlo dos veces trepé bruscamente hacia el nevado, y dando mis primeros pasos, casi quedé inmovilizado, nunca había pisado sobre nieve, fue mi primera vez, yo creía que era como la arena, entonces retomé mi camino por el sendero que habían trazado los primeros escaladores, es más, ponía el pie donde veía un rastro aún visible sobre el hielo y la nieve.

Los más raudos del salón ya estaban cuesta arriba, no sé cómo aprendieron a escalar tan rápido, yo trataba de caminar anteponiendo fuertemente los zapatos sobre la nieve. Cuando creía haber ascendido lo suficiente, de pronto vi a mis compañeros, sobre unos plásticos azules cómo se resbalaron con vehemencia cuesta abajo. “¡Qué envidia!”, dije y continué remontando mientras otros excursionistas ya descendían por el camino de bajada.

A un costado del sendero, otros disfrutaban del nevado y hacían unos agraciados muñecos de nieve; tan pícaros serían, que hasta una bufanda le colocaron sobre el cuello de la figura. Tras ello, entre risas y coqueteos, llegaban las fotos para el recuerdo.

Cuando ascendí hasta cierta distancia del nevado Pastoruri, me paré y divisé las vastas siluetas de nevados en la Cordillera Blanca en todo su esplendor, unos más altos que otros, acompañados siempre de una figura negra sobre su base; y hacia abajo divisé, a cientos de excursionistas que como hormiguitas salían de los buses e iniciaban la subida a uno de los nevados más hermosos y mágicos del Perú contemporáneo.

Aquella mañana, sobre la superficie del nevado, hice un solo intento para resbalarme junto a dos compañeros del salón, después de unos metros de veloz recorrido aterrizamos sobre una montaña de nieve, mientras una de mis manos llegó hasta un ojo de agua, el guante negro que llevaba puesto quedó empapado, el frío del momento me acobardó un poco y me puse a contemplar las ocurrencias de los demás. La diversión continuó para todos.

En la parte baja del nevado, dos lagunas de aguas negras se iban formando, luego entendería que el glaciar estaba en retroceso. Y yo no me fui de Pastoruri hasta degustar un poco de su nieve, que no sabía a nada, o más bien sabía a todo, a todos los encantos que la naturaleza puede ofrecerle a un excursionista.

A mi regreso hacia Cátac, visité junto a toda la comitiva, el manantial de aguas gasificadas de Puma Pampa, e imitando a mis amigos, sobre una botella de plástico recogí y bebí agua, según comentaban algunos guías era saludable para los males estomacales. Posteriormente, todo el grupo visitamos la laguna de Pumapashimi, más conocida como el manantial de los Siete Colores, donde se cree que nace el arcoíris.

Finalmente, el bus que nos traía de retorno hizo otra parada para conocer las Puyas de Raimondi, unas plantas de los andes de gran forma y tamaño. Cuando terminé de hacer las últimas fotografías del rollo de mi cámara fotográfica, una ligera nevada de la tarde anunció que el tiempo se había agotado y jugando con mis compañeros volví al bus. En el trayecto me enteré que la profesora  Adelfa Jiraldo y Rosita Colonia, asesoras del grupo, habían coordinado con anticipación un suculento almuerzo en Ticapampa, donde cientos de excursionistas llegaban luego de pasar la mañana en Pastoruri o Chavín de Huántar.

Así fue mi primera travesía por el nevado Pastoruri, ubicado a 5200 m. s. n. m., a quien le arranqué gratos momentos y recuerdos inolvidables, un lugar exuberante y mágico, donde la falta de oxígeno se cubría con el calor de la sangre y las ganas de vivir una aventura con la naturaleza.

Alex Cordero Cuisano

Mi primera vez. Parte II

Huaraz, abril del 2021.

.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *